Archivo de la categoría: Microrrelato

Las campanadas

—Los cuartos. Tan tan, tan tan, tan tan, tan tan. Las campanadas. Tan, tan, tan, tan, tan, tan, tan, tan, tan, tan, tan, tan. Feliz 2022 —pronunció con una voz llena de emoción la bella presentadora a la vez que se escuchaba en el plató un ta-ta-ta-ta-ta proveniente de una ametralladora.

—En nombre del ejército rebelde y popular —gritó un joven soldado barbudo y con aires de no haberse lavado en muchos meses— interrumpimos esta emisión para declarar que las fuerzas del dictador Mount han sido derrotadas por nuestros hombres y mujeres leales al pueblo portugués. La democracia es el presente y el futuro y la dictadura es cosa del pasado. Feliz Año Nuevo a todos y todas.

La boda

—Por el poder que me confiere la Iglesia —dijo el Padre Teodoro con voz de cura— yo les declaro marido y mujer. Pueden besarse los novios.

—Arriba las manos, esto es un atraco —gritó Eugenio, alias el desplumabodas, a la vez que abría violentamente la puerta de hierro de la basílica—. Id pasándoos esta bolsa si no queréis perder la vida y meted en ella todas las cosas de valor que tengáis. Y usted, señor cura, deme las llaves del cepillo donde guarda las limosnas que dan los fieles.

—De acuerdo, pero no me mate, por Jesucristo se lo pido.

—Déjese de súplicas, Padre, que quiero las llaves en un santiamén.

—Aquí las tiene.

—Así me gusta, que los hijos de Dios obedezcan a un pobre diablo como yo.

La obra de arte

¡450 millones por “Un cuadro de locura” de León Schil a la de una, a la de dos y a la de tres! ¡Adjudicado al barón Von Riven —pronunció en voz alta el subastador de la casa de subastas “Joyas eternas” mientras golpeaba con un martillo de madera de roble el mesón, dando por finalizada así la subasta en la que se acababa de vender el cuadro más caro de toda la historia.

—Quién lo hubiera dicho —le comentó con un tono de incredulidad el marqués Saint Hoffen a su mujer, la baronesa Monck.

—Por qué lo dices —respondió ella al tiempo que apartaba con los dedos de la mano unos mechones que le caían sobre el ojo izquierdo.

—¿No sabes lo que se rumorea de este cuadro?

—No. Cuéntamelo, por favor.

—León Schil estaba internado en un manicomio de Múnich y allí sin conocimiento de nadie pintó todos sus cuadros. Luego, los escondía tras lienzos que colgaban en la galería de la casa de locos. Él a su psiquiatra en la última sesión terapéutica que tuvieron entre ambos antes de su repentina muerte le explicó que era pintor y que algún día sus obras serían famosas. Y como nadie le había visto pintar nunca el médico del alma le dijo: «tú lo que tienes es un cuadro de locura».

Trileros

“Los bichos” eran una banda de trileros profesionales de una famosa localidad turística de la Costa del Sol. Normalmente, elegían el paseo marítimo para llevar a cabo el juego del trile, que consistía en que un tahúr, con muchísima habilidad y velocidad de manos, movía tres pequeñas medias patatas, un poco vaciadas por dentro, de forma que en una de ellas colocaba una pelotita de gomaespuma. El jugador apostante tenía que adivinar en cuál de ellas estaba la misma. Antes de dar sus golpes, la banda de diez miembros se reunía para tomar unas cervezas y un tentempié en un bar llamado “La jaula de los zorros”. Después, cuatro de ellos se ponían al pie de las carreteras colindantes al paseo para en caso de divisar alguna patrulla policial dar la voz de alarma al resto de compinches gritando la palabra en clave “agua”.  Cinco más hacían de ganchos apostando todo el rato grandes cantidades de dinero hasta que, por regla general, algún turista extranjero o, por excepción a la misma, alguno nacional caía en el cebo preparado con mucho arte por el tahúr y sus cómplices. Aquél, como mesa de juego, se servía de una caja rectangular de cartón de amplias dimensiones. Sobre la misma llevaba a cabo los movimientos de las tres medias patatas. Yo y mi amigo de toda la vida estábamos casi siempre en la playa y cuando les veíamos llegar a la avenida paralela al arenal dejábamos nuestros juegos de niños para ir a ver el juego de los artistas del timo. Este era el siguiente: el tahúr colocaba una media patata sobre la pequeña pelota y movía todas ellas tratando de despistar a los posibles jugadores. Cuando había acabado de revolver las patatas, con un fajo de billetes en la mano incitaba a apostar a los curiosos viandantes que formaban un corrillo alrededor del juego. En estas el trilero se quedaba mirando un buen rato a izquierda o a derecha cantando diferentes apuestas. Y cuando lo hacía alguno del resto de compinches levantaba la patata en que estaba la pelota para que alguien al verlo se animara a apostar. El tahúr hacía como que no veía nada, pero lo sabía todo. Y así ocurría lo de siempre, que al ver dónde estaba la pelota alguno de los concurrentes se animaba a apostar. Cuando lo hacía ocurría el engaño de verdad, que era como sigue. El trilero adelantaba primero y luego llevaba a su anterior posición la patata en que se encontraba la pelotilla, normalmente la de uno de los lados, de forma que al hacerlo levantando con maña la patatita sin que nadie lo viera cogía la bolita para colocarla en otra media patata, al uso la central, aprovechando para hacerlo que también adelantaba y volvía a dejar en su posición inicial las otras dos. Y a pesar de hacerlo todos los días y de que a los turistas de mil maneras se les advertía para que no cayeran en el engaño siempre había alguno que picaba en el anzuelo. Y es que este se creía más listo, cuando era tonto, que quienes se hacían pasar por tontos, cuando eran listos. Sin embargo, un día ocurrió que un señor vestido de traje negro, camisa blanca y zapatos de charol apostó una gran cantidad de dinero y para sorpresa de todos, los trileros incluidos, ganó. A regañadientes, el hombre misterioso donde los hubiere consiguió que le pagaran la cantidad apostaba. Y cuando se marchaba llegó una brigada municipal que estaba colocando carteles en las farolas. En uno de ellos aparecía el hombre que había desplumado a los desplumadores vestido de la misma forma, pero con un sombrero de copa y una varita mágica.

Cocaína y hachís

Bruno, un narcotraficante conocido como James Bond porque a los gramos de cocaína que vendía a 50 euros les restaba 0.07 gramos, había quedado en el parque de los drogatas con un camello marroquí, a quien todos llamaban Canuto, para intercambiar un gramo de farlopa por doce de costo.  Cuando se vieron, cruzando no más que dos palabras para saludarse, Bond aprovechó que se daban la mano para pasarle con disimulo a Canuto una bolsita de plástico con autocierre que transparentaba el polvo blanquecino. Mientras que este hizo lo propio al despedirse para colocarle una placa poco más grande que una onza de chocolate envuelta en papel de aluminio. Hecho el intercambio, Canuto se fue al servicio de un bar cercano para meterse una raya larga y gorda por la nariz, mientras que Bond se sentaba en un banco de madera del parque ajardinado para liarse un peta con dos papeles formando una ele. Y al tiempo que uno esnifaba y descubría que le habían dado un tranquilizante por cocaína, el otro le daba una calada al petardo y caía en la cuenta de que le habían colado avecrem por hachís.

Cita a ciegas

Aunque me costó mucho tiempo, a más de muchas lágrimas, aceptar y superar que mi última compañera sentimental me soltara, cuándo y el día en que recibí el alta hospitalaria tras sufrir un ataque al corazón, que quería poner fin a nuestra relación de pareja, al final lo conseguí y volví a salir a la calle. Fue así como en un día de juerga un amigo me habló de un programa de ordenador para concertar citas a ciegas. Y, la verdad, no estaba muy convencido, pero un día me animé y concerté un encuentro con una chica llamada Luna. Quedamos en encontrarnos en la primera fila, a la izquierda, de un escenario en el que iba a tener lugar una sesión de música electrónica a cargo de mi pinchadiscos favorito. Llegué puntual y la reconocí porque habíamos quedado en ir vestidos con tejanos azules, zapatillas negras y sudadera roja. Cuando la vi por primera vez ella estaba de espaldas con su melena color castaño ambarino y un cuerpo con unas curvas que parecía tallado por un escultor divino. Al darse la vuelta me quedé fascinado con sus ojos del color de las aguas caribeñas y con su cara de niña bonita, juguetona y traviesa. Le dije hola y tras caer en la cuenta, por los gestos de su cara y de su boca, de que era sordomuda quería que las masas me tragaran vivo. Nos entendimos escribiendo en una libreta con tapas de cuero gastado que sacó de su bandolera de tela. Lo primero que acerté a escribirle es que lo sentía por haberle invitado a un espectáculo musical. Y lo que me contestó no lo olvidaré nunca. Ella escribió: No te preocupes, yo no escucho la música, pero siento sus vibraciones y la veo en los movimientos de la gente al moverse a su ritmo. ¿Bailas conmigo?

El anuncio

Todo ocurrió el día que nos conocimos. Yo estaba buscando una habitación de alquiler y vi hojeando los anuncios de un periódico local uno que me llamó la atención porque decía: “Lo mejor de la habitación que alquilo es que no es para ti, sino para ella y para él”. Sin pensármelo llamé al teléfono que se indicaba y Estrella me contestó con una voz celestial: “¡Ya has tardado! ¡Te esperaba! ¡Ven!”. Fui y según me abrió la puerta nuestras miradas se enamoraron, nuestros ojos se hicieron amantes, las manos nos llevaron a la cama y los cuerpos se volvieron uno. Nueve meses después trajimos al mundo a Luz y a Prometeo.

Bang

Tras una noche matando revolucionarios hasta los primeros rayos solares del amanecer, Recreo, el sicario a sueldo de las fuerzas del sistema, seguía dormido a la hora de la aparición de las primeras estrellas nocturnas. De repente, un grito terrorífico y proveniente de su habitación me anunciaba que había abierto los ojos.

—Así que ya te has despertado, eh, Recreo. Y por el miedo que vislumbro en tu cara llena de cicatrices has vivido un mal sueño.

—Así es, Iris. He tenido una pesadilla. De ella me despertaba con un grito y tú, que habías sido mi fiel compañero en la caza y captura de rebeldes y subversivos, cuando te la contaba me revelabas que…

—¿Que soy partidario del caos revolucionario y de la revolución caótica?

—¿Cómo lo sabes, Iris? ¿Es que me has escuchado hablar en sueños?

—¡No, porque seguido te disparaba tras decirte muere, traidor, muere! ¡Bang, bang, bang!

La sombra y la luz

Neros, que era un escritor prolífico donde los hubiere y que llevaba una temporada sufriendo lo que en el argot de los literatos se conoce como el bloqueo, se encontraba en el escritorio de su cuarto de estar paralizado ante la página en blanco de la pantalla de su portátil cuando escuchó que alguien llamaba a la puerta con languidez y como no queriendo molestar ni interrumpir.

—Adelante —voceó Neros con una voz que manifestaba a las claras que el enfado que revelaba su cara era real.

—Hola, Neros, siento molestarte, pero tengo que darte una mala noticia.

—¿Qué sucede, padre? ¿Ha ocurrido algo malo?

—Sí, pero te lo voy a decir en voz baja, que la puerta está entreabierta y no quiero que se enteré tu hermano menor. Es demasiado pequeño y qué mejor que evitarle disgustos —pronunció su padre al tiempo que le daba la maldita noticia.

—Noooooooo, nooooooo, nooooooo, por qué, por qué. ¡No puede ser! —acertó a expresar con dificultad Neros al tiempo que empezaba a llorar.

—No te pongas en lo peor, hijo. ¿Quién sabe? ¡Los milagros existen! —señaló su padre no muy convencido de ello.

—Déjame solo, por favor, déjame.

—Está bien, hijo, si eso es lo que deseas…

Neros, al tiempo que su padre abandonaba la habitación empezó a escribir un poema con las siguientes palabras: La sombra del cáncer ha caído sobre la madre que me dio a luz…

Amén

—Hermanas, hermanos, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo —pronunció el padre Federico con voz temblorosa al ver que por el pasillo central de la catedral gótica se acercaba un encapuchado con un hacha de grandes dimensiones.

—Hijo de Satanás, hijo de Satanás, hijo de Satanás, que tú no eres un hijo de Dios, padre del demonio. Le voy a matar —gritaba en alto el hombre con capucha negra, que tenía cosida a la altura de la frente una estrella de color púrpura, mientras se abalanzaba hacia el cura arremetiéndole a hachazos cuando en el templo cristiano resonó un bum.

—Padre, ¿se encuentra bien? —preguntó el monaguillo cariacontecido.

—Gracias a Dios —respondió el párroco—. Hijo, si no llega a ser porque al desprenderse la corona de espinas del Cristo crucificado del retablo ha acertado a clavarse en la sien de este loco dejándolo seco en el acto estaría muerto. Gracias a Dios.