Trileros

“Los bichos” eran una banda de trileros profesionales de una famosa localidad turística de la Costa del Sol. Normalmente, elegían el paseo marítimo para llevar a cabo el juego del trile, que consistía en que un tahúr, con muchísima habilidad y velocidad de manos, movía tres pequeñas medias patatas, un poco vaciadas por dentro, de forma que en una de ellas colocaba una pelotita de gomaespuma. El jugador apostante tenía que adivinar en cuál de ellas estaba la misma. Antes de dar sus golpes, la banda de diez miembros se reunía para tomar unas cervezas y un tentempié en un bar llamado “La jaula de los zorros”. Después, cuatro de ellos se ponían al pie de las carreteras colindantes al paseo para en caso de divisar alguna patrulla policial dar la voz de alarma al resto de compinches gritando la palabra en clave “agua”.  Cinco más hacían de ganchos apostando todo el rato grandes cantidades de dinero hasta que, por regla general, algún turista extranjero o, por excepción a la misma, alguno nacional caía en el cebo preparado con mucho arte por el tahúr y sus cómplices. Aquél, como mesa de juego, se servía de una caja rectangular de cartón de amplias dimensiones. Sobre la misma llevaba a cabo los movimientos de las tres medias patatas. Yo y mi amigo de toda la vida estábamos casi siempre en la playa y cuando les veíamos llegar a la avenida paralela al arenal dejábamos nuestros juegos de niños para ir a ver el juego de los artistas del timo. Este era el siguiente: el tahúr colocaba una media patata sobre la pequeña pelota y movía todas ellas tratando de despistar a los posibles jugadores. Cuando había acabado de revolver las patatas, con un fajo de billetes en la mano incitaba a apostar a los curiosos viandantes que formaban un corrillo alrededor del juego. En estas el trilero se quedaba mirando un buen rato a izquierda o a derecha cantando diferentes apuestas. Y cuando lo hacía alguno del resto de compinches levantaba la patata en que estaba la pelota para que alguien al verlo se animara a apostar. El tahúr hacía como que no veía nada, pero lo sabía todo. Y así ocurría lo de siempre, que al ver dónde estaba la pelota alguno de los concurrentes se animaba a apostar. Cuando lo hacía ocurría el engaño de verdad, que era como sigue. El trilero adelantaba primero y luego llevaba a su anterior posición la patata en que se encontraba la pelotilla, normalmente la de uno de los lados, de forma que al hacerlo levantando con maña la patatita sin que nadie lo viera cogía la bolita para colocarla en otra media patata, al uso la central, aprovechando para hacerlo que también adelantaba y volvía a dejar en su posición inicial las otras dos. Y a pesar de hacerlo todos los días y de que a los turistas de mil maneras se les advertía para que no cayeran en el engaño siempre había alguno que picaba en el anzuelo. Y es que este se creía más listo, cuando era tonto, que quienes se hacían pasar por tontos, cuando eran listos. Sin embargo, un día ocurrió que un señor vestido de traje negro, camisa blanca y zapatos de charol apostó una gran cantidad de dinero y para sorpresa de todos, los trileros incluidos, ganó. A regañadientes, el hombre misterioso donde los hubiere consiguió que le pagaran la cantidad apostaba. Y cuando se marchaba llegó una brigada municipal que estaba colocando carteles en las farolas. En uno de ellos aparecía el hombre que había desplumado a los desplumadores vestido de la misma forma, pero con un sombrero de copa y una varita mágica.