Cita a ciegas

Aunque me costó mucho tiempo, a más de muchas lágrimas, aceptar y superar que mi última compañera sentimental me soltara, cuándo y el día en que recibí el alta hospitalaria tras sufrir un ataque al corazón, que quería poner fin a nuestra relación de pareja, al final lo conseguí y volví a salir a la calle. Fue así como en un día de juerga un amigo me habló de un programa de ordenador para concertar citas a ciegas. Y, la verdad, no estaba muy convencido, pero un día me animé y concerté un encuentro con una chica llamada Luna. Quedamos en encontrarnos en la primera fila, a la izquierda, de un escenario en el que iba a tener lugar una sesión de música electrónica a cargo de mi pinchadiscos favorito. Llegué puntual y la reconocí porque habíamos quedado en ir vestidos con tejanos azules, zapatillas negras y sudadera roja. Cuando la vi por primera vez ella estaba de espaldas con su melena color castaño ambarino y un cuerpo con unas curvas que parecía tallado por un escultor divino. Al darse la vuelta me quedé fascinado con sus ojos del color de las aguas caribeñas y con su cara de niña bonita, juguetona y traviesa. Le dije hola y tras caer en la cuenta, por los gestos de su cara y de su boca, de que era sordomuda quería que las masas me tragaran vivo. Nos entendimos escribiendo en una libreta con tapas de cuero gastado que sacó de su bandolera de tela. Lo primero que acerté a escribirle es que lo sentía por haberle invitado a un espectáculo musical. Y lo que me contestó no lo olvidaré nunca. Ella escribió: No te preocupes, yo no escucho la música, pero siento sus vibraciones y la veo en los movimientos de la gente al moverse a su ritmo. ¿Bailas conmigo?