Amén

—Hermanas, hermanos, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo —pronunció el padre Federico con voz temblorosa al ver que por el pasillo central de la catedral gótica se acercaba un encapuchado con un hacha de grandes dimensiones.

—Hijo de Satanás, hijo de Satanás, hijo de Satanás, que tú no eres un hijo de Dios, padre del demonio. Le voy a matar —gritaba en alto el hombre con capucha negra, que tenía cosida a la altura de la frente una estrella de color púrpura, mientras se abalanzaba hacia el cura arremetiéndole a hachazos cuando en el templo cristiano resonó un bum.

—Padre, ¿se encuentra bien? —preguntó el monaguillo cariacontecido.

—Gracias a Dios —respondió el párroco—. Hijo, si no llega a ser porque al desprenderse la corona de espinas del Cristo crucificado del retablo ha acertado a clavarse en la sien de este loco dejándolo seco en el acto estaría muerto. Gracias a Dios.