Van Gogh, hacer algo serio y da Vinci

Aunque ya vimos

en una poesía anterior

titulada

“Vincent Van Gogh

y el que quería ser”

que este

en una de sus cartas a Theo,

su hermano,

decía lo siguiente:

“Todavía

estoy muy lejos,

de ser lo que quiero ser”,

en otra carta

creo recordar que decía

algo así como que:

“Ahora considero

que estoy en el principio

del principio

de hacer algo serio”.

Y,

evidentemente,

como de tonto

no tenía

ni un pelo pelirrojo

el genial Van Gogh

algo vería en sí mismo

y de ello tomaría conciencia

para decir

que estaba

al principio

del principio

de hacer algo serio.

¡Y vaya que sí lo hizo!

¡Y es que,

en mi ignorante opinión pictórica,

si en algo consiguió

el grado de genio

o de maestro

de la pintura

es en la combinación de los colores

y en la utilización

de formas

como deformadas,

pero bien formadas

o conformadas

de los objetos de estudio

para su pintura!

Pero no es esto

lo que quiero destacar,

sino

ese hacerse cargo

y ese tomar conciencia

el artista

del momento

o del estado

en que se encuentran

sus capacidades

como artista.

Porque,

al fin y al cabo,

un artista,

al igual que puede ser crítico

respecto a otros artistas

y formarse una idea

del arte de los mismos,

tiene que ser crítico

respecto a sí mismo

o autocrítico

y estar despierto

y vivo

para valorarse

en su justa medida

y para medir

su talento

y su capacidad

para su arte.

Puesto que del mismo modo

en que para la vida

es importante

la imagen que tenemos

de nosotros mismos,

para un artista

el formarse

esa imagen de sí mismo

como artista

es fundamental

para saber

en qué punto se encuentra

como creador

y hasta dónde

quiere

y puede llegar.

Aspecto este,

el de formarse

un juicio adecuado de uno mismo

como artista

que ha de llevarse allende del artista

para llegar a formarse un juicio

sobre la obra de arte

en sí misma.

O como escribió

el genio entre los genios

Leonardo da Vinci

en sus “Aforismos”:

“Cuando la obra

satisface al juicio,

es una triste señal para el juicio;

cuando la obra supera al juicio,

éste es pésimo,

como ocurre cuando alguien se maravilla de su trabajo;

pero cuando el juicio supera a la obra,

he ahí un signo perfecto;

y si un joven se halla en tal disposición,

llegará sin duda a ser un excelente artista,

aunque sólo compondrá pocas obras,

pero llenas de cualidades

que detendrán a los hombres

para admirar sus perfecciones”.

¿Claro, no?

¡Que el juicio

supere a la obra!

¡Casi nada!

¡O casi todo,

mejor dicho!

¡Ya que

por juicio

tanto o más

que la opinión,

el parecer

o el dictamen

hay que entender

la facultad del alma,

por la que el ser humano

puede distinguir

el bien del mal

y lo verdadero de lo falso!

¡Y,

por acabar,

es en el bien

y en lo verdadero

y en lo bello

donde reside

el secreto

de los secretos

de las artes!

¿No?