Archivos Mensuales: junio 2019

A la masa

En estas malas horas para nuestra clase obrera
ésta ha de ser consciente
o ha de tomar conciencia
de una contradicción
que está a la luz del día
desde la noche de los tiempos.
Una contradicción
que a pesar de que hace daño a los ojos
y de que se encuentra a la vista de todos y de todas
la clase trabajadora,
a menudo,
la pierde de vista
o no acaba de verla.
Y ya sea porque la tienen cegada con mentiras
o porque está ciega de verdad,
el caso es que no ve
que la clase política,
bien de izquierdas o de derechas,
día sí y día también 
se desvive por decir
que defiende a la clase de los trabajadores y trabajadoras
y esta clase,
la obrera,
día sí y día también
se muere 
porque no dice que eso es una mentira más grande que un parlamento.
Y,
aunque haber hay excepciones,
esta es la contradicción:
que la clase política,
que no ha pegado un palo al agua en toda su vida,
le pega el “palo” a la clase obrera,
que toda su vida tiene que estar pegando un palo al agua,
al decir que la defiende.
¡Más claro, agua!
¡Y es el pan nuestro de cada día!
¡Agua!
¡Y el pan nuestro!
¡Y una cosa es que los trabajadores y trabajadoras seamos un trozo de pan
y otra que seamos unos mendrugos
y nos conformemos con las migajas!
¡Migajas!
¿O no son migajas lo que nos dan por unos trabajos más duros que un pan de cinco días!
¡O más!
¡Y está bien trabajar para ganarse la vida!
¡Pero está mal que sea trabajar para ganarse una mala vida!
¡O peor!
¡Y es que el trabajo a duras penas da para malvivir!
¡Y la vida da pena para tan duro y mal trabajo!
¡Más claro, agua!
¡Y es el pan nuestro de cada día!
¡Agua!
¡Y el pan nuestro!
¡Y no solo trabajamos para ganarnos una mala vida
que cuesta tanto trabajo,
sino que al hacerlo
no trabajamos
o dejamos de trabajar
para ganarnos la buena vida!
¡La buena vida que nos perdemos!
¡Y la buena vida que ganaríamos si trabajáramos por la revolución!
Porque no nos engañemos,
la clase obrera para ser y vivir libre,
libre de la opresión
y libre de la explotación,
no puede confiar en la clase política.
Porque ésta,
a la vista de los hechos,
no la va a liberar nunca
y la va a encadenar siempre.
Y una de dos:
o la clase trabajadora rompe las cadenas
y se libera por sí misma
o va a seguir presa de los poderes económicos, políticos y demás poderes
por los días de los días
y los años de los años
y los siglos de los siglos.
¡Más claro, agua!
¡Y es el pan nuestro de cada día!
¡Agua!
¡Y el pan nuestro!
¡Y o tomamos conciencia de ello
o la tenemos clara,
por no decir lo tenemos crudo!
¡O negro como el carbón!
¡O negro como el petróleo!
¡O negro como nuestro futuro!
¡Negro!
Y negro sobre blanco 
o blanco sobre negro
le digo
que la clase obrera
no solo no puede confiar en la clase política
de cara a su liberación,
sino que tiene que tener claro
que los trabajadores,
tristemente,
a más de no tener patria,
no tienen partido.
¡No tienen partido que los defienda!
¡No lo tienen!
Y aunque los trabajadores
deberían ser un partido,
porque un partido es un conjunto de personas
que siguen y defienden una misma opinión o causa,
a menudo,
tristemente,
no lo son.
Bien porque están desunidos ante quien los oprime y explota,
bien porque se unen a los mismos opresores y explotadores.
¡Más claro, agua!
¡Y es el pan nuestro de cada día!
¡Agua!
¡Y el pan nuestro!
Y si triste es que no haya un partido de los trabajadores y trabajadoras de verdad,
más triste es todavía que no haya un activismo
o un movimiento
de los mismos y de las mismas.
¡Porque a más de defender las mismas ideas,
hay que atacar con las mismas acciones!
¡Luego,
partido sí
y activismo o movimiento también!
¡Teoría
y práctica!
Partido y activismo o movimiento,
más que políticos,
revolucionarios.
¡Que los políticos hacen política
y los revolucionarios, la revolución!
¡La revolución!
¡Que no es lo mismo!
Y de esto se trata:
¡No solo de que la clase obrera pase de la clase política
y de que la clase política no pase de la clase obrera,
sino de que los políticos pasen de la política
a la revolución
y de que los revolucionarios no pasen de la revolución
a la política!
¡Más claro, agua!
¡Y es el pan nuestro de cada día!
¡Agua!
¡Y el pan nuestro!
¡Y bienvenidas sean las políticas revolucionarias!
¡Pero bienaventuradas son las revoluciones políticas…!
¡Al pan, pan y al agua, agua!
¡O mejor,
al agua
patos!
¡Y al agua
patas!
¡Y manos a la masa!
¡A la masa!

Vivir la vida

Vivir la vida es
vivir la vida
del principio al final.
Vivir la vida
viviendo todo tiempo
como si fuera el último
y también el primero.
Vivir la vida
gozando cada espacio
como si no lo hubieras visto antes
ni lo fueras a ver después.
Vivir la vida
amándose a sí mismo
y haciéndose de amar
y amando a todo el mundo
y dejándose amar.
Vivir la vida
siendo libre del todo
como preso por nada.
Vivir la vida 
tratando a diferentes
como a iguales
 y no al revés.
Vivir la vida
en paz con uno mismo
y en paz con los demás
y en paz hasta la guerra
y en guerra hasta la paz.
Vivir la vida
haciendo lo que es justo,
deshaciendo lo injusto.
Vivir la vida
cuidando lo creado
y sin
descuidar el crear.
Vivir la vida
recordando el pasado,
no olvidando el presente
y apuntando el futuro.
Vivir la vida
aprendiendo de errores
y enseñando el acierto.
Vivir la vida
no buscando la felicidad,
sino encontrándose
uno mismo feliz
intentando no perder las sonrisas
ni ganar lagrimones
y sabiendo que no hay nada
que nos impida ser felices
y que todo
puede resultarnos feliz.
Vivir la vida 
teniendo claro que la vida es todo un trabajo
y que el trabajo no lo es todo en la vida.
Vivir la vida
sabiendo que el dinero,
tristemente,
 hace falta para vivir,
pero que no hace falta
vivir para el dinero.
Vivir la vida
amigado al amor
y amando a los amigos
y haciendo bueno el que al ganar un amor
no hay que perder las amistades
y que al ganar amistades
no hay que perder el amor.
Vivir la vida 
con la verdad por delante
y sin la mentira por detrás.
Vivir la vida
con las buenas formas hasta el fondo
y con el mejor fondo hasta en las formas.
Vivir la vida
sin miedo
a nada
ni a nadie
ni al qué dirán
y sin que nada
ni nadie
ni el qué dirán
nos calle…
Vivir la vida
sin ser más 
que quienes “son menos”
y sin ser menos
que quienes “son más”.
Vivir la vida
con la cabeza bien alta
y el corazón gigante.
Vivir la vida
con el cuerpo en plena forma
y con el alma a fondo.
Vivir la vida
gustando de las cosas sencillas
y sabiendo que las sencillas son muy “grandes”
y que las muy grandes no suelen ser sencillas.
Vivir la vida
sin grandes lujos
ni grandes miserias.
Vivir la vida
derrochando alegría
y ahorrándonos las penas.
Vivir la vida
guardando tiempo para uno mismo
y dándose a tiempo a los demás.
Vivir la vida
sin arriesgarlo todo
cuando tienes de menos
y sin no arriesgar nada
cuando tienes de más.
Vivir la vida 
yendo detrás de los sueños
y delante de la realidades.
Vivir la vida 
con la cabeza despierta
y el corazón soñando.
Vivir la vida
con los oídos y los ojos abiertos
y la boca cerrada
cuando hay que oír, ver y callar
y con las manos y los brazos abiertos
y los puños cerrados
cuando hay que dar, recibir y pelear.
Vivir la vida
yendo del hecho al dicho
y no al revés.
Vivir la vida
pensando bien los pasos a dar
y el camino a tomar
y sin temer dar el primer ni el último paso
ni el salir del camino
ni ir por otro distinto,
pero con todo el respeto
del mundo
a quién y a quien camina
y a qué y a los caminos,
y no a quienes atajan
y tampoco al atajo.
Vivir la vida
sabiendo estar bien solo
y mejor acompañado
y sin sentirse solo estando acompañado
ni acompañado estando solo.
Vivir la vida
cayendo en la cuenta de que es más fácil
dar más de lo que se recibe
que recibir más de lo que se da
y sin dar para recibir
ni recibir para dar
y sin esperar recibir lo mismo que se da
ni dar lo mismo que se recibe.
Vivir la vida
destruyendo lo mal construido
y construyendo lo mal destruido
o deconstruyendo
y reconstruyendo.
Vivir la vida 
comprendiendo
que no somos nada y que somos todo
y que no somos todo y que somos nada.
Vivir la vida
sin jugar con las cosas serias
y sin aseriar los juegos
o al revés,
vivirla jugando con fuego
y fogueándose en los juegos.
Vivir la vida 
sin reír por no llorar
y sin llorar por no reír
y riéndose de las propias lágrimas
y lagrimando por las risas.
Vivir la vida
haciéndolo lo mejor que se pueda
y haciendo el bien que se quiera.
Vivir la vida
queriendo lo que dices
y diciendo lo que quieres
y amando lo que haces
y haciendo lo que amas.
Vivir la vida
entendiendo
que el errar nos hace humanos
y el humanizarnos, acertar.
Vivir la vida
con más sarna con gusto que no pica
y con más gloria que pena
y no aquello ni esto al revés.
Vivir la vida
conociendo
que el cielo está lleno de valientes
y el infierno de cobardes.
Vivir la vida
con cabeza siguiendo las corazonadas
y con corazón siguiendo las cabezonerías
y sin cabezonerías siguiendo al corazón
y sin corazonadas siguiendo a la cabeza.
Vivir la vida 
aprovechando las oportunidades
y dando oportunidad a lo provechoso.
Vivir la vida
tratando de hallar el lado cómico a lo dramático
y no el dramático a lo cómico.
Vivir la vida
con la conciencia tranquila
y la tranquilidad consciente.
Vivir la vida
con los pies en la tierra
y la cabeza en el cielo
y no al revés.
Vivir la vida
hablando bien de la gente
y mal de la gentuza
y no al contrario.
Vivir la vida
pensando en las consecuencias de nuestros actos
y actuando las causas de nuestros pensamientos.
Vivir la vida
no dejando para hacer mañana lo que puedas hacer hoy
y haciendo hoy lo que dejaste sin hacer en el pasado.
Vivir la vida
con tiempos muertos cuando la vida pesa lo suyo
y con prórrogas cuando no nos pesa.
Vivir la vida
con maestría 
para poner un punto y aparte
o un punto y seguido
o un punto y final
cuando 
toca un punto y aparte
o un punto y seguido
o un punto y final.
Vivir la vida 
sin dejarse llevar por la marea
cuando hay que nadar a contracorriente
y sin nadar a contracorriente
cuando hay que dejarse llevar por la marea.
Vivir la vida
sacando lo mejor de todo el mundo
y de uno mismo
y metiendo en ambos lo que es bueno.
Vivir la vida
comprendiendo que nunca es tarde para empezar de nuevo
y que siempre es pronto para acabar de viejo.
Vivir la vida 
sin olvidar los recuerdos
y recordando los olvidos.
Vivir la vida
humildemente a lo grande
y grandemente a lo humilde.
Vivir la vida
haciendo lo que es justo necesario
y lo que es necesario justo.
Vivir la vida
con la vista puesta en la libertad
y con las gafas de la igualdad puestas.
Vivir la vida
tocando las teclas nuevas
y retocando las viejas.
Vivir la vida
con conciencia
del dónde venimos
y el dónde estamos
y a dónde vamos.
Vivir la vida
superando los problemas
y dando con las soluciones
y sin buscar aquellos
y encontrando estás
si es posible.
Vivir la vida
sin creerse el no va más cuando se va de menos a más
ni el no va menos cuando, de más a menos.
Vivir la vida
mostrando la mejor cara cuando ganas
y sin mostrar la peor si pierdes
o sabiendo ganar con humildad
y perder sin soberbia
o al revés,
sabiendo ganar sin soberbia
y perder con humildad.
Vivir la vida 
con un punto de locura
y dos puntos de cordura
o con locura entrecomillas
y cordura sin entrecomillar.
Vivir la vida
mandando cada cual en su vida
y votando por la del conjunto o el común.
Vivir la vida
dándose a valer por uno mismo
y valorando al resto
y al revés.
Vivir la vida
ayudando a quien lo necesita
y necesitando a quien ayuda.
Vivir la vida
moviendo el esqueleto
y de baile en baile
aunque nos quiten lo “bailao”.
Vivir la vida
leyendo bien el pasado y el presente
y escribiendo el futuro.
Vivir la vida
sin querer agradar a todo el mundo,
sino haciendo el mundo que nos agrada.
Vivir la vida
sin arrepentirse por lo hecho y no hecho
y haciendo aquello de lo que no te vas a arrepentir
y dejando sin hacer lo que va a arrepentirte.
Vivir la vida,
en fin,
sin olvidar que estamos vivos
ni que vamos a morir
y mirándole a la cara a la muerte 
y sin darle la espalda a la vida.

Las casas de mi vida

Con cuarenta y tres años, rumbo a cuarenta y cuatro, echo la vista atrás
y veo que he vivido
que he vivido en distintas
casas.
En cuatro casas.
Cuatro casas vitales
y cuatro casas únicas.
Cada cual con sus cosas,
mejores
y peores,
mas todas en Durango
y todas buenas casas.
Recuerdo la primera,
en la calle Mikeldi,
con su puerta de entrada
y un hall muy pequeñito.
La cocina a la diestra
y a la izquierda un pasillo,
un pasillo sin fin
que acababa en mi cuarto
de estar,
mi habitación.
Con ventana muy grande 
a la calle del Fray,
del Fray Juan de Zumárraga 
que yo
veía desde un quinto
piso.
Y a duras penas
llegaba a la ventana
de ese cuarto de estar
sencillo
siendo un niño.
Un niño con sus juegos
y coches diminutos
y muñecos de la guerra de las galaxias
y canicas de todos los colores
y todos los tamaños
y peonzas 
y cromos
y un buen par de pistolas,
pistolas de juguete,
pistolas de piratas
y alguna cartuchera
con balas
y pistones,
pistones de revólver
de vaqueros
y espadas
plateadas
de los tres mosqueteros
y algún libro,
algún libro 
cuyas hojas pasaba
buscando los dibujos
y las fotografías
porque no sabía leer
y solo aquellos libros
que tenían imágenes
me gustaban
entonces.
Y así pasaba el día
y pasaba los días
con tiros de mentiras
y duelos de verdad
y batallas de buenos
contra los monstruos malos
y carreras de locos
bólidos
que volaban,
volaban
por los mundos de mi imaginación.
Y qué bien lo pasaba
y volvía a pasar
jugando como un niño
sin pensar en las horas,
minutos
ni segundos
y tan solo pensando
en pasármelo bien.
Y así pasaba el día
y llegada la noche
a mi cuarto venía
mi padre
con el cual
rezaba
el Padre Nuestro
y el ángel de la guarda
y dulce compañía
como el cuatro esquinitas
tiene, tiene mi cama,
la cama desde la que yo atento escuchaba
algún cuento después,
algún cuento que siempre terminaba
cuando me cogía a mí el sueño
y cerraba los ojos
y caía dormido
con un eco en el aire
de amor y buenas noches
y dulces sueños,
dulces sueños
y buenas noches,
dulces sueños.
Y a veces,
solo a veces, 
mas muchas,
muchas veces
que nunca olvidaré
y recordaré siempre
mi padre,
mi padre tan querido,
mi padre tan amado,
mi padre más que amor
venía con un libro
de cuando él estudiaba.
Un libro de los buenos,
lleno de poesías
y voces de poetas
que escuchaba extasiado,
como maravillado
en boca de mi aita
y en su voz familiar
entendiendo unas veces
y otras sin entender
qué era aquello
tan vivo,
tan hermoso,
tan puro
y tan,
tan musical
hecho con las palabras
que llegan hasta el alma
y con versos que guarda tan solo el corazón.
 El corazón que allí
en las mágicas noches
sin querer 
y queriendo
y gracias a mi padre
sentado junto a mí
al borde de mi cama
se abrió de par en par
al arte de las artes
que es la eterna poesía.
Y poema a poema
el crío que yo era
entonces sin saberlo
se fue haciendo un poeta
todavía dormido
y llamado algún día 
futuro
a despertar.
Mas no en aquella casa.
Recuerdo la segunda
casa ya al de unos años,
cercana a la primera
y en la calle llamada
tal Fray Juan de Zumárraga.
Una casa en un cuarto
piso
en la que mi cuarto
mi cuarto de color,
de color
azul cielo
me sacó de la infancia,
llevó a la juventud
y me dejó a las puertas
ya de la madurez.
Un cuarto con mi armario
o mueble de madera
del cual
yo desplegaba
una mesa de estudio,
si era tiempo
de hincar
los codos
o la cama,
si acaso hora era de dormir.
Un cuarto pequeñito
que se fue haciendo grande
como yo
y en el cual,
pasada ya la infancia
en aquél tan poético,
vi pasar yo los años
que cursé en la Ikastola
Lauaxeta
y los años de la Universidad
de Deusto
tal los años,
años de mí experiencia en la cosa política.
Un cuarto pequeñito,
mas de grandes lecturas
en el cual despertó
el poeta que dormía en mi pecho.
Un poeta muy joven,
todavía aprendiz,
pero no de los grandes maestros
de los versos,
sino más bien de mi
ser 
como de mí mismo.
Y es que yo nunca he sido 
lector de poesía
y la he escuchado más
en la boca paterna
que en la de los poetas.
Y no buscaba en estos mi voz,
sino en mi fuero,
en mi fuero interior.
Además me gustaba leer filosofía
no sé si más que historia
o al revés
y leía sobre todo política.
Y leía y leía
desde la noche al día
y del día a la noche
y así día tras día
y un día
sin dejar de leer
me dio por escribir.
Por escribir en prosa
y a ratos escribía
al principio de temas de política vasca
cartas al director
y después en mi blog.
Y pasé así de estar todo el día leyendo
a estar 
todo el día escribiendo.
Y me gustaba tanto
que me aparte del mundo exterior
y fui a entrar en mi mundo interior.
Un mundo de escritorio,
libros,
ordenador
y horas y horas y horas
y más horas y horas
de escribir 
y escribir
y de nuevo
escribir
y de nuevo
escribir
y escribir
y escribir
y escribir
y escribir.
Y escribiendo, escribiendo
me olvidé de vivir.
Y es que aquello era un vicio
y una droga muy dura
como lo es poetar.
Pues todo lo demás
no me sabía a mucho
y toda la escritura
me sabía a mí a poco.
Y mi cabeza dijo
basta, 
no puedo más
y fue a ponerse enferma,
enferma de verdad
y no se daba cuenta
o no quería darse 
cuenta ella de su mal
y de que aquel estilo de vida no era bueno,
pero que para ella era y siempre lo fue lo mejor de la vida.
Y así empezó a sentirse perseguida, acosada 
y también una presa y trofeo de caza del Estado español,
como si fuese ella el enemigo público número uno del mismo.
Por un lado.
Por otro, le fue a dar por pensar
que estaba su portátil controlado por el que fuera su partido
y lo dejó de ser.
Y en mi misma ventana
mi locura más sana
y mi salud más loca
escribía que no,
que no a la guerra sucia
y escribía que no
y que no al PNV.
Y ante tal panorama
para ella real como la vida misma
fue a ingresar en Galdácano, 
Galdácano en el aula,
aula de psiquiatría.
Y un psiquiatra al que no conocía de nada
ni a mí me conocía
dijo es esquizofrenia
paranoide.
Y el alma
se me cayó a los pies
y el corazón
se me rompió en pedazos
y el cuerpo
se me llenó de pena
y mi pobre cabeza
andaba como loca.
Y mi vida,
mi vida
de sano hasta enfermar,
de enfermo hasta sanar
era lo que tenía
por detrás,
por delante.
Y mi vida,
mi vida 
se volvió una pelea,
una lucha,
una guerra
por mi propia salud
contra todos los males
que tenía yo en contra.
Y aunque no entré en Galdácano
muy bien,
no fui a salir
muy mal.
Y entre peor
en casa,
pero salí mejor.
Y es que en aquella casa
tuve momentos miles en los que me sentí
como Dios
y en el cielo celeste
y momentos en que, como un pobre diablo
y en el infierno mismo.
Y mis recuerdos buenos
y mis recuerdos malos
los dejé yo en tal casa
en parte
como en parte
me los llevé conmigo,
conmigo para siempre,
conmigo para siempre.
Una casa en que si fui a perder la salud,
no me derrotó el mal
ni ganó lo peor.
Y de verdad le digo
que en ella no podía
vivir 
como que en ella de mí algo fue a morir.
Y primero vivir y después escribir
me dijo a mí el psiquiatra.
Y primero vivir fue
y después escribir,
mas después de escribir,
me dije hasta morir.
Y apareció el milagro
por obra de mis padres
que cambiaron de casa.
Recuerdo la tercera,
en la plaza de Ezkurdi.
Una casa para revivir y vivir
sin dejar de escribir.
Una casa,
una casa
casa puerta con puerta
con la gran casa de mi hermana.
Y gracias a mi hermana
y gracias a mi padre
y gracias a mi madre
y gracias al sobrino primerizo y al cuarto
empecé a ver la luz
tras ver todas las sombras.
Y empecé a trabajar
por poquito dinero,
muy poquito dinero
en Lantegi Batuak
y con mi enfermedad
mental
a la vista de todos
y todas
como de todo el mundo.
Y aprendí a trabajar
y a trabajar muy duro
y a ser trabajador
de nuestra clase obrera.
Y también aprendí
algo más importante,
que la salud se pierde
y que cuando se pierde
no todo está perdido
y que una vez perdida
se puede lo perdido 
encontrar
y ganar la salud.
Y luchando y luchando 
y volviendo a luchar
de perdidos al río
me dije
y a ganar.
A ganar la salud.
Y a la tercera casa vino a ser la vencida.
Y empecé a mejorar,
a mejorar luchando
por llegarme a curar,
mas teniendo clarísimo
que por ser un poeta
y escribir poesía
me cayó el mal encima
y que por ser poeta
y escribir poesía
encima me levanté del bien.
Y qué bien me sentía
yo en la gran casa nueva
como en mi habitación
con balcón a la calle
y mi nuevo escritorio
y mi buen viejo armario
de la casa anterior.
Y tuve muchos días
buenos como mejores
y tuve alguno malo
y muy pocos peores.
Y en los malos, muy malos y también los peores
mis demonios me hacían algunas diabluras
y en los buenos, muy buenos y también los mejores
no dejaba de hacer lo más humano
como lo más divino
que para mí es sin duda
escribir poesía.
Poesía que amaba,
amaba más que todo
y cuando estaba lleno del amor que tan solo
han en sí los poetas
y no buscaba ya en la vida otro amor,
el amor a mi vida
llego como si nada,
llego como si todo
y la casa paterna
y la casa materna
dejaba por primera
vez
en toda mi vida
para ir parar a otra muy buena casa.
Recuerdo yo la última
en Herriko Gudarien Kalea
que es la calle 
que podría valer
como la gran metáfora
de lo que fui en la vida
y soy
como seré.
Un gudari de letras
con la pluma en la mano.
¡Y qué calle
y qué calle
y qué casa
y qué casa!
Una casa preciosa,
preciosa por sus vistas
a la pequeña Suiza
o al Amboto y Mugarra
y a las grandes montañas
de mi existencia viva
y mis ojos despiertos.
Una casa en la que el amor de mi vida
y la vida de sus pequeños grandes hijos
sacaron al buen padre
que sin ser fui yo a serlo.
Y es que yo en dicha casa
pasé de ser un hijo
a ser como un gran padre.
Y pasé mismamente
a leer a Karl Marx
y a Lenin
y a escribir de la revolución
día sí
como día
también
porque tomé conciencia
de que fui, soy, seré
yo un revolucionario.
Y una casa en la que 
una revolución
se operó en mi escritura,
pues pasé de escribir
sonetos a escribir
en verso libre
la poesía libre.
Libre como el que fui,
libre como el que soy
y libre como el que yo seré.
Y es que esté donde esté
seré yo siempre libre
en una casa libre
llena de libertad
y amor
y amor
y amor
de verdad a la vida.