Archivos Mensuales: febrero 2010

El Dios del Vals (I)

En el mil ochocientos veinticinco en la Viena
nacería el Strauss, Johann hijo de buena
ascendencia de músicos, mas su padre condena
el que estudie solfeo y violín, ¡una pena!

De no ser por su sed musical que de plena
lo llevó a practicar en silencio, ¡tal suena!,
con un buen violinista de la orquesta que entrena
el cabeza straussiano que al saberlo le truena.

Y se marcha cual nube de la casa, faena
solo en parte, su madre le cantó cual sirena
sigue el son, fruto mío, de la nota, es tu arena.

En la cual su conjunto al salir a la escena
hizo sombra al paterno, a quien tanto le apena
que trató de vetarle sin razón pues disuena.

Himnos estatales e himnos nacionales

En la pista de Salzburgring el equipo vascón
de automóviles, Epsilon, me ha prestado el camión
para irme rumbo a Múnich y cargar de un tirón
“La Vasconia”, el velero que es mi amor, mi nación.

Y aquí voy al volante libre al ritmo del son
y los tonos del himno mozartiano, canción
del país, del austríaco que ha en su título el don,
tierra cual de montañas sobre el río, ¡emoción!

Me despierta tal Haydn que da el suyo al teutón
o el Beethoven a Europa, mas con, sin letra el ton
de mi patria, de Euzkadi me ganó el corazón.

Como el suizo la mente, Canadá la razón
pues tienen, no el sonido, desigual vozarrón,
¡cada pueblo en su lengua!, ¡”no estatal”!, ¡de cajón!

De forma como Norisring, a fondo como en Hockenheimring

Tras hincharme en el Gaisberg como un globo a bombones
mozartianos, cacao, mazapán…, cual pezones
en su punto, redondos además de dulzones
no apetece ni leches dar pedales, ¡vascones!

Y a un colega de tiempo, salzburgués, de aficiones
en los cielos le he dicho, por favor, con pasiones
que me enganche con bici a ala delta, en dos sones
he llegado hasta Salzburgring con chinchón no, chinchones.

¡Vaya viaje me he dado! ¡Hasta he visto estrellones!
Y por poco, por pelos me ha cabido a empellones
en el coco un buen casco para el par de epsilones.

Que el gran equipo Euskadi en tal pista de dones
al volante, ¡mil gracias!, me ha dejado en sesiones
de diez vueltas con crono pilotar, ¡como aviones!

Los vientos en Mozártpolis

Con mi gran bici alpina y el valor de vascón
de Salzburgo hasta el Gaisberg he subido y visión
gozo al Nido del Águila, Kehlstein, Watzmann…, ¡de halcón!,
como al Untersberg, Zwiesel y al Hochstaufen, ¡qué don!

De montañas, en metros setecientos, más son,
de doscientos ahí montes cuenta bien el guión,
cual el Mönschberg, el Rainberg, Capuchino y tú pon
la que tiene en la cima el castillo de acción.

Con lo cual las colinas con seguir la ilación
dos centenas no pasan y hora sé a la cuestión
de los vientos usuales en la ciudad razón.

Pues su enclave es un valle al ocaso, alba con
las alturas citadas, -¡mi Durango, atención,
al revés!-, luego el soplo norte a sur o inversión.

El arte inmóvil y el arte en movimiento

Llena el alma de Mozart y fragancia de flores
del jardín del Palacio Mirabell, ¡mis lectores!,
de la Fuente Pegaso, el corcel sin señores,
inspirado hacia el Salzach va mi ser de cantores.

Entre enanos, flautistas y también pensadores,
Paracelso o Copérnico allí aguardan oidores
cual la Iglesia Evangélica, la de Cristo y pastores
que a esa planta con torre y ladrillo han amores.

Tal que a Mozart al alba fundación, fundadores
y el teatro de hilitos, marionetas de actores
que a la escena sus obras llevan ante auditores.

Tanto para mayores como para menores,
y para esos que vienen por el puente de autores
que parece un gran arco sobre el río y rumores.

El Salzburgo norteño

Desde el Huerto de Dios Sebastián afligido
calle abajo hacia el Salzach y evocando el latido
mozartiano en el alma he arribado seguido
a su gran finca urbana, do tejía el sonido.

Y le daba las horas Trinidad al oído,
la Iglesita barroca con dos torres sin nido
cigüeñal y la cúpula ante estatuas, ¡leído!,
de fe, amor, esperanza y el saber perseguido.

Como enfrente el Teatro Estatal blanquecido
y a unos pasos la Escuela Musical que es sabido
Mozarteum se llama, do hacen sones, no ruido.

Y el Palacio admirable, Mirabell, y lucido
con estatuas vivaces, clasicismo esculpido,
las fontanas al aire y un jardín bien florido.

Al norte del Salzach

Con la margen izquierda de Salzburgo en poemas,
un Salzburgo, por cierto, mozartiano a las buenas,
no al revés, salzburgués “no era” Mozart, problemas
quizás más que alegrías le brindó, cual las Vienas.

Voy al Puente de Estado y a la diestra, a otros temas
y a la Iglesia San Juan, capitel, ¡norabuenas!,
de cebolla o de lágrima celestial y de esquemas
del románico, al pie de un buen monte, ¿el de Atenas?

No, es el gran Capuchino con sus vistas supremas,
un monasterio de orden con capucha, colmenas,
saltarinas las cabras y arboladas diademas.

Calle arriba la Iglesia Sebastián y las penas
de las almas del Huerto del Señor con sus lemas
lapidarios, descansa Paracelso en sus venas.

Caminata mozartesca

Descansado a la sombra del gran Mozart, figura
sobre base de mármol blanca como la Luna
y materia de bronce vejecida y oscura
a su calle natal marcho como una duna.

En volandas, el Templo Michael le dejo al cura,
que en tal vía el ya clásico vio la luz y la cuna
cual la ciudad su Casa, Consistorio y aun dura
el cartel de los gremios por fachadita alguna.

Mas me aguarda la Iglesia del Colegio cual pura
y barroca, de formas curvas tal la aceituna,
par de torres y cúpula pizarrosa y muy bruna.

Y escuchado el sonido ¿mozartiano?, y la una
en campanas, he entrado a un Museo de altura,
al de Rupert, de fotos, ¡verdadera fortuna!

Fe, salud, natura, razón, solfeo y arte

Con mi bici HB de esta cruz gaetana
o la Iglesia Kajetan que es barroca y germana
y tuviera hospital do curara a paisana
Paracelso a la orilla fluvial voy sin galbana.

De este río, del Salzach que es de alpina fontana
y en verano un torrente y en invierno una nana
cual la Uni, ¡el saber o es rebelde o no sana,
Facultad Sociológica! ¡Que ilumine el mañana!

Otra margen, igual que ese Puente que hilvana 
norte y sur salzburgueses, el de Mozart, cercana 
allí veo su Plaza y su estatua romana.

Y las dos Residencias, nueva como la anciana,
de arzobispo, hoy museos, do he gozado galana
panorámica en lienzo de esta perlita urbana.

Paracelso (II)

Paracelso, del médico cual sintético empírico,
de elementos en dosis, semejante en lo clínico
se decía que había trasmutado, ¡hecho mítico!
lo plomizo en lo áureo, ¡el deseo de alquímico!

Que pensaba que el Hombre era un cosmos anímico,
dulce, amargo, salado como ácido, crítico,
microastro al que orbita lo enfermizo, ¡hecho cíclico!,
que es curable con pócimas, no purgante fatídico.

Y el saber bienhechor, medicina, es científico
y ha por base las ciencias naturales, lo químico,
el amor y la rama astronómica, ¡un místico!

Que creía que el aire, tierra, fuego y lo hídrico
son de seres, los silfos cual los gnomos, ¡qué críptico!,
salamandras y ninfas, las nereidas, ¡magnífico!